Vuelta al ruedo

En unos pocos días los monoplazas del campeonato del mundo de Fórmula 1 regresarán a la acción sobre el asfalto del siempre acogedor Circuit de Barcelona-Catalunya. La heladora sombra que la tribuna principal proyecta sobre los más fieles aficionados a primera hora de la mañana irá dando paso, progresivamente, al tenue pero agradable sol invernal barcelonés.

Será entonces cuando chillen las primeras pistolas, deseosas de reemplazar tuercas. O cuando se perciban los aromas de los cafés que mantienen en vela a ingenieros, periodistas y aficionados por igual. Y ese olor a gasolina, la sangre de las máquinas cuyos motores empiezan a sobrerrevolucionarse en los herméticos garajes de las escuderías, comenzará a entrar por nuestras vías respiratorias, deleitándonos profundamente y disparando nuestros niveles de adrenalina y testosterona.

Es la hora de volver al ruedo.

Los fotógrafos desenfundan sus cámaras, los seguidores en las gradas desenpolvan sus cronómetros, ya sea en forma de preciosos TAG-Heuer de época o aplicaciones de Android, y los invitados más afortunados persiguen a Lewis Hamilton por el paddock, buscando una instantánea con el visiblemente agobiado tricampeón del mundo.

Aunque solo sean unos test de pretemporada, los elementos propios de las carreras vuelven de nuevo a la vida.

***

El biombo que cubría el garaje de uno de los equipos es retirado por un grupo de mecánicos, dejando al descubierto el primer monoplaza dispuesto a probar el asfalto del Circuit en este primer día de entrenamientos invernales. La intermitente luz roja deslumbra las paredes del box, a juego con el color de la carrocería del vehículo.

El piloto, bajo su blanca celada, con mirada valiente al frente, es consciente del desafío que tiene por delante esta temporada. Suspira durante un segundo que se hace eterno, pisa el acelerador con su pie derecho y enfila, lento pero seguro, la calle de boxes.

Cuando deja atrás la lluvia de flashes y puede por fin retirar el limitador de velocidad, la potencia del motor le propulsa hacia adelante como no lo había hecho en ningún momento de la pasada campaña. Y es en ese momento cuando se le dibuja una media sonrisa bajo la balaclava, invisible para el resto del mundo, fuera del registro de cualquier sistema de telemetría, pero que dice más que cualquier dato, gráfica o función.

“¡Mira, es Vettel, el coche rojo!”, le dice un entusiasmado padre a su hijo de siete años en la desierta Tribuna F, justo al lado de las marcas de frenada de la primera curva.

Y es que, en efecto, la Fórmula 1 ha vuelto.

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