La fórmula del éxito (Parte I)

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Verano de 1949. Casalmaggiore, Italia.

22:30 Horas

Markus Howard enfilaba su Mercedes-Benz hacia una de las desafiantes curvas de las carreteras toscanas. Las numerosas colinas y cambios de rasante, unido a los peraltes y a la oscuridad de la noche cerrada hacían que fuese todo un reto ajustar el coche a los límites de la estrecha pista. En a penas media hora Howard debería llegar a meta, acababa de atravesar con el motor al máximo de revoluciones la localidad de Casalmaggiore.

Guiado por las indicaciones de su copiloto Ernesto Faretti, mapa en mano y cigarrillo en boca, Howard se valía de los cada vez más débiles faros del 300 SLR. La prueba había comenzado hace casi 16 horas, los participantes salían por turnos, uno cada minuto, y se adentraban en la espesa niebla matinal. Sin poder comer nada y bebiendo únicamente agua y café, la Mille Miglia era definitivamente una de las carreras de resistencia más duras.

Los neumáticos chirriaban cada vez que Markus forzaba el coche más de lo debido, indicándole dónde estaban los límites, los cuales nunca atravesaba. Coducía con soltura y con aspecto relajado, pero en su mirada se reflejaba una concentración absoluta. No podía permitirse ni un sólo error. Un trompo, una salida de pista, un impacto contra los guardarraíles de las carreteras, todo ello frustaría cualquier opción de conseguir la victoria, cosa que Markus ansiaba como ninguna otra cosa. La mecánica también jugaba su papel y Howard era muy fino y precabido con ella, rara vez sufría problemas de fiabilidad, cosa que daba seguridad, al no temer por la posibilidad de un fallo en los frenos o en la dirección del bólido.

Su Mercedes había adelantado a una gran cantidad de pilotos rezagados, Markus creía que iba en cabeza y que se alzaría con la victoria en la llegada a Brescia. Frecuentemente decía que él era el más rápido y que tenía un nivel superior al de sus contrincantes, como si estuviese dotado con una especie de don natural: “Si no crees que eres el mejor, no deberías pilotar estos coches”, solía espetar a sus coequpiers, que le acusaban de prepotente y engreído.

Finalmente llegó a meta a las 23:15. Hubo que esperar algunas horas a que llegasen todos los corredores, y a las 3 de la madrugada se anunciaron los resultados. Markus estaba ansioso delante de la mesa de los organizadores, metiendo prisa para hacer el recuento. Su ilusión duró poco. Se clasificó en quinta posición, a más de dos minutos del vencedor del certamen, Augusto Sanleone, que estalló de alegría al ver su nombre en la primera posición de la tabla de tiempos. Se llevó toda la atención de las hermosas damas, todos coreaban su nombre y le aplaudían con entusiasmo, incluso sus rivales.

Todos excepto Markus. Se encerró en una de las habitaciones del hotel. Ernesto trató de calmarlo en vano. Tras un par de horas delirando y maldiciendo al demonio, recuperó su firme compostura y salió a conversar con Roberto Bassiglioli, director del equipo de carreras de Alfa Romeo, escudería donde militaba Sanleone. Roberto se encontraba en el bar, bebía un caro champagne y se le veía radiante y satisfecho.

– Quiero ofrecerme a pilotar para su marca, señor Bassiglioli, a cambio de nada.

– Ahora mismo contamos con Augusto, y numerosos pilotos además de usted están interesados en ponerse al volante de uno de los Alfa Romeo. Me temo que tendrá que esperar, no le puedo asegurar nada.

– Confío en mi talento y en mis habilidades. Sé que puedo ser el más rápido, y me encantaría poder medirme a su jefe de filas en igualdad de condiciones, exactamente con el mismo material.

– Le seré sincero, señor Howard, todos los aspirantes dicen ser los mejores y poder batir a Augusto, así que no es un argumento novedoso. No obstante le prometo que tendrá noticias en el próximo mes.

Continuará…

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